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Historia del canon del Nuevo Testamento i: origen de la formación del canon


La formación del canon del Nuevo Testamento, como la del Antiguo, resulta de gran complejidad y no es fácil de trazar. Los motivos, sin embargo, son diferentes a los que hemos estudiado en relación al canon del Antiguo Testamento. Trataremos de reconstruir los momentos fundamentales de esta historia. Se pueden distinguir dos períodos principales: el origen de la formación del canon (siglos I-II) y la constitución del canon definitivo entre los siglo III y V1.


1. Origen de la formación del canon del Nuevo Testamento

Período apostólico — Todos los libros del Nuevo Testamento fueron escritos en la segunda mitad del siglo primero, en un período de unos 50 años. Es lógico pensar que, desde el primer momento, las primitivas comunidades cristianas a las que se dirigían esos libros, que contenían la enseñanza de Jesús y la doctrina de los apóstoles, los acogieron con gran respeto y veneración2. Al principio, cada comunidad poseía solo un escaso número de escritos, pues, de hecho, casi todos estaban dirigidos a comunidades particulares (Romanos, Corintios, Galatas, etc.), o incluso a una persona (carta a Filemón, Timoteo, Tito). Sin embargo, en poco tiempo surgieron las primeras colecciones. Hay algunos hechos que ayudan a describir esta historia.

El dato más significativo es sin duda el texto de 2 P 3,15-16, que habla de «todas las cartas» del «queridísimo hermano Pablo», lo que supone que existía una colección de esos escritos, al menos de los que se habían difundido hasta ese momento. Como sabemos, la segunda carta de Pedro considera las cartas de Pablo con la misma autoridad que las «otras Escrituras», es decir, los escritos del Antiguo Testamento, a los que las compara en el mismo texto citado3. Otro dato de interés deriva del hecho que algunos escritos neotestamentarios (cartas paulinas, algunas cartas católicas) tenían un destinatario muy amplio, debido a que estaban dirigidos a varias Iglesias locales, y es lógico pensar que estas Iglesias conservasen los originales o copias de los documentos recibidos antes de transmitirlos a otras; de este modo en esas Iglesias se constituían pequeñas colecciones de libros o cartas. Es conocido, por ejemplo, que san Pablo (probablemente hacia el 61-63) ordena expresamente a los Colosenses que lean la carta dirigida a los de Laodicea (quizá la carta a los Efesios) y a éstos la de los Colosenses (Col 4,16). La carta de Santiago y la primera de Pedro fueron escritos circulares, que conservarían las distintas comunidades4.

No estamos en condiciones de precisar con mayor exactitud este proceso inicial de formación del canon del Nuevo Testamento. Se puede pensar que las cartas a los Romanos y a los Efesios alcanzaron una rápida difusión por su importante contenido dogmático; y que, en las Iglesias de Grecia y de Asia Menor, por la cercanía de unas a otras, se formase en poco tiempo una colección de escritos constituida por un cierto número de cartas de san Pablo, de san Juan y el evangelio de san Lucas. En Roma la colección podría haber estado integrada por Romanos y Marcos; en Siria y Palestina por Mateo, Santiago y Judas. La historia parece confirmar que en algunas comunidades de la Galia meridional se constituyó en breve tiempo el canon bíblico prácticamente completo; en Siria y otros lugares, el proceso fue mucho más lento.


^ La formación del canon a lo largo del siglo II — Ninguno de los escritores de este período5 compuso un catálogo de los libros bíblicos, aunque en sus obras mostraron una gran familiaridad con estos libros. Leyendo sus obras se pueden deducir los siguientes tres datos: citan o aluden a casi todos los libros que constituirán el canon bíblico (excepto 3 Juan)6; no ponen en duda la autoridad de ninguno de los libros inspirados; reconocen en esos libros una autoridad suprema.

Se observa además que en casi todas las Iglesias se reconocía la autoridad canónica de dos grandes colecciones parciales: los evangelios y el corpus paulinum (incluyendo la carta a los Hebreos), a los que normalmente se añaden otros escritos (Hechos, 1 Pedro, 1 Juan y Apocalipsis)7. Entre los testimonios más significativos se encuentra el de san Justino († 165/167), quien, hacia la mitad del siglo segundo, afirma que en la liturgia eucarística, junto a los escritos de los profetas, eran leídos los evangelios8. Este es el primer testimonio que poseemos de la utilización litúrgica de los evangelios como práxis sólidamente establecido en la Iglesia. El texto muestra además que en aquel entonces, junto al Antiguo Testamento, estaba ya constituido el canon de los evangelios. Otro testimonio sobre la formación del canon de los evangelios en el siglo II es el Diatessaron de Taciano († 180)9, una especie de ‘armonía evangélica’ basada en todos y solo los cuatro evangelios y compuesta en Roma entre los años 170 y 180 dC. El Diatessaron presupone la existencia y el carácter normativo de los cuatro evangelios10. Más decisiva resultan las afirmaciones de san Ireneo († 202), que, en el tercer libro del Adversus haereses, defiende explícitamente la canonicidad de los cuatro evangelios, tratando de demostrar porque son precisamente cuatro, y reconoce como Escritura todo el corpus paulinum y prácticamente todos los demás libros del Nuevo Testamento (aunque no cita la 3 de Juan, ni Judas)11.

Señalemos para una mayor precisión que, aunque la terminología y la noción de un ‘Nuevo Testamento’ junto a la del Antiguo sea de origen bíblico (cf Jr 31,31; Mt 26,28; Hb 8,6-13) y fuese utilizada por los antiguos escritores cristianos12, la expresión «Nuevo Testamento» aplicada a los libros bíblicos se encuentra por primera vez, según los datos históricos, en los escritos de Tertuliano, alrededor del año 20013, cuando comenzaban a surgir los primeros catálogos de libros inspirados, de los que hablaremos más adelante.


^ Marción, Montano y el canon bíblico — En la historia de la formación del canon del Nuevo Testamento juega un papel particular la obra del hereje Marción († 160)14. Marción, queriendo alcanzar el núcleo original del mensaje cristiano, consideró que éste se encontraba en la revelación del Dios del amor manifestada en el Nuevo Testamento, contrapuesta a la del Dios vengativo y justiciero del Antiguo. En consecuencia, estableció que las únicas Escrituras auténticas eran las que provenían del Dios del amor y hablaban de El: 10 cartas de san Pablo (todas, excepto las Pastorales y Hebreos) y el tercer evangelio. Marción rechazaba, por consiguiente, no solo todos los libros del Antiguo Testamento, sino gran parte de los del Nuevo, afirmando que falsificaban la doctrina cristiana al haber añadido elementos tomados del judaísmo. Marción eliminó además del canon que él mismo había establecido todo elemento que retuvo veterotestamentario. La crítica histórica de autores como Harnack (1851-1930)15, sobre la base de este hecho, ha sostenido que Marción habría sido el primer autor en redactar un canon neotestamentario, dando así a la Iglesia católica un ejemplo a seguir. Se debe considerar más bien que Marción se basó en la praxis precedente de la Iglesia, reduciendo, según los principios de su teología, el número de libros inspirados16. Quizá se le puede atribuir a Marción el hecho de haber acelerado el proceso de canonización de los libros del Nuevo Testamento, es decir, que se forjase su unidad canónica junto a los del Antiguo Testamento. También la obra de Taciano parece haber tenido un influjo en este sentido17.

Menos evidente resulta la incidencia que algunos autores, como H. von Campenhausen18, atribuyen a la herejía montanista en este proceso de formación del canon19. El movimiento montanista postulaba una extensión de la inspiración bíblica a cualquier cristiano que acogiera la acción del Espíritu Santo, lo que favorecía una ampliación ilimitada del canon. No parece comprobado históricamente que el rechazo de esta herejía hubiera tenido efectos decisivos en la formación del canon, como tampoco la polémica con el gnosticismo, cuya influencia en la formación del canon defienden algunos autores20.


^ Criterios y criterio de canonicidad — La influencia de algunos factores externos a la Iglesia de los primeros siglos en el proceso de formación del canon parece innegable. Además de la posible repercusión de la herejía marcionista, con su pretensión de forjar un canon breve que erradicara la idea de un Dios no armonizable con su idea del Dios supremo de bondad, y de movimientos como el montanismo y el gnosticismo, que intentaron avalar sus propios sistemas de pensamiento aduciendo la autoridad de supuestos libros apostólicos revelados, se pueden señalar otras causas que influyeron más o menos directamente en la formación del canon. En su largo estudio sobre los criterios de canonicidad, Ohlig advierte que la multiplicidad de criterios, diversos en el tiempo y nunca aplicados en su totalidad, demuestra cuánto agitada haya sido la historia del canon. Ohlig divide los criterios en tres grupos: a) criterios externos, de los que formarían parte la apostolicidad, la antigüedad del escrito, la aprobación apostólica, la ortodoxia doctrinal, la armonía con otros libros de la Escritura ya aceptados por la Iglesia, su carácter edificante y la universalidad; b) los criterios eclesiales, como la recepción de los libros por parte de las Iglesias particulares, su citación como Escritura por los escritores antiguos, el empleo litúrgico y el reconocimiento por parte de la autoridad eclesiástica; c) los criterios internos, que serían los ofrecidos por el mismo libro sagrado y reconocidos por la experiencia pneumatica de la Iglesia21. Ahora bien, aunque en la formación del canon bíbico pudieron influir más o menos estos criterios, la Iglesia universal, al exponer magisterialmente en los diversos momentos históricos los motivos de su aceptación de determinados libros bíblicos, se basó fundamentalmente sobre el criterio de ‘apostolicidad’, que se puede formular en estos términos: para que un escritos pueda ser retenido auténticamente eclesial, y por lo tanto, canónico e inspirado, su origen divino debe ser atestiguado por una tradición que se remonte a los apóstoles y haber sido reconocido como tal por la Iglesia apostólica22. Origen apostólico del escrito, uso generalizado o catolicidad del escrito, aceptación tradicional del mismo, y conformidad a la regula fidei o fe de la Iglesia confluyeron, a la hora de discernir, en la determinación del carácter canónico del libro en cuestión. La Iglesia, en su práxis, lo que hizo fue racionalizar lo que era ya una práctica tradicional.



Reflexiones pedagógicas

^ Lea la pregunta, encuentre la respuesta y transcríbala o “copie y pegue” su contenido.

(Las respuestas deberán enviarse, al finalizar el curso a juanmariagallardo@gmail.com . Quien quisiera obtener el certificado deberá comprometerse a responder PERSONALMENTE las reflexiones pedagógicas;

no deberá enviar el trabajo hecho por otro).


  1. ¿Cómo sabemos que la colección de los libros del Nuevo Testamento era utilizada en la época apostólica?

  2. ¿Qué testimonia san Justino sobre el Canon del Nuevo Testamento?

  3. ¿Cuándo se utiliza por primera vez la expresión “Nuevo Testamento”?

  4. ¿Cuál era la teoría de Marción acerca del canon bíblico?

  5. ¿Qué son los criterios externos de canonicidad?

  6. ¿Qué son los criterios eclesiales de canonicidad?

  7. ¿Qué son los criterios internos de canonicidad?

  8. ¿Qué es el criterio de apostolicidad?




1 Además de los manuales, cf especialmente, A. Sand, Kanon. Von den Anfängen bis zum Fragmentum Muratorianum, en M. Schmaus - A. Grillmeier - L. Scheffczyk, Handbuch der Dogmengeschichte 1.3.1.1, Freiburg 1956; H. von Campenhausen, Die Entstehung der christlichen Bibel, Tübingen 1968 (utilizaremos la trad. fr. La formation de la Bible chrétienne, Neuchâtel-Paris 1971); K.H. Ohlig, Die Theologische Begründung des neutestamentlichen Kanons in der alten Kirche, Düsseldorf 1972; D.L. Dungan, The New Testament Canon in Recent Study, «Interpretation» 29 (1975) 339-351; Aa.Vv., Unità e diversità nel Nuovo Testamento (Atti del Convegno ABI), RBibIt 30 (1982) 289-445; D.M. Farkasfalvy, The Formation of the New Testament Canon, New York 1983; B.S. Childs, The New Testament as Canon. An Introduction, London-Philadelphia 1985; H.Y. Gamble, The New Testament Canon. Its Making and Meaning, Philadelphia (PA) 1985; B.M. Metzger, The Canon of the New Testament. Its Origin, Development, and Significance, Oxford 1988 (trad. it. Brescia 1997). En castellano, cf J.M. SÁnchez Caro, El canon del Nuevo Testamento: Problemas y planteamientos, Salm 29 (1982) 309-339; A. Piñero, La formación del canon del Nuevo Testamento, Madrid 1989.

2 Sobre el modo en que las comunidades cristianas acogían las tradiciones apostólicas, un testimonio de gran interés procede del mismo san Lucas, cuando señala en el prólogo en su evangelio que muchos habían «intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,1-2). Con respecto a la veneración con que se rodeaban los evangelios, son elocuentes los antiguos testimonios de san Ignacio mártir y san Clemente Romano. El primero, en la Epístola a la iglesia de Esmirna 7,2 (PG 5,713), exhortaba a los cristianos a mantenerse separados de los herejes y atenerse «a los profetas y especialmente al evangelio» (cf también la Epíst. a la iglesia de Magnesia 13,1: PG 6,672). En 1 Clem 13,1 (PG 1,236), san Clemente exhorta a «mantener el recuerdo de las palabras del Señor, que pronunció enseñando la bondad y la paciencia».

3 La crítica histórica duda en atribuir la carta al apóstol; en cualquier caso se retiene un escrito del primer siglo.

4 La carta de Santiago se dirige «a las doce tribus de la diáspora» (^ St 1,1); la primera de Pedro, «a los fieles de la diversas provincias de Asia Menor» (1 P 1,1). Se podría añadir la segunda carta a los Corintios, dirigida «a todos los fieles de Acaya».

5 Se trata, principalmente de la Didajé, san Clemente Romano, el Pseudo-Bernabé, san Ignacio de Antioquía, san Policarpo, san Justino, Taciano, Atenágoras, san Teófilo y san Ireneo.

6 Evidentemente, este silencio no equivale a una negación, porque las citas de libros eran ocasionales, y la 3 de Juan, por ser extremadamente breve y carecer de una doctrina específica, ofrecía pocos motivos para ser citada.

7 Un esquema sustancialmente exacto de este período se puede encontrar en G.M. Perrella, Introduzione, n. 138; J Salguero, La Biblia, 308-315. Sobre los Padres apostólicos cf F.X. Funk, Patres apostolici, Tübingen 1901. También resulta útil en este estudio la Biblia Patristica.

8 «En el día llamado del sol (domingo), se reúnen en un mismo lugar, de la ciudad o del campo, y se hace la lectura de las Memorias de los apóstoles y de los escritos de los profetas, mientras lo permite el tiempo» (1 Apol 1,67: PG 6,429). En 1 Apol. 1,66, san Justino especifica que esas Memorias son los evangelios: «los apóstoles, cuyas memorias se llaman evangelios», y señala que algunos fueron escritos por los apóstoles y otras por sus discípulos (cf Dial 103,8: PG 6,717).

9 Taciano era originario del valle del Éufrates y fue discípulo de san Justino. Probablemente su obra fue escrita en griego y después traducida al sirio.

10 La libertad con la que Taciano compuso el Diatessaron (eliminando textos paralelos, añadiendo algunas tradiciones apócrifas, etc.) hizo que su obra presentara una perspectiva parcial e incompleta de los evangelios, motivo por el que la iglesia siria terminó por rechazarlo. Según san Jerónimo, san Teófilo de Antioquía († 181/182) escribió una obra análoga a la de Taciano, pero sin los errores de éste (Epist. ad Algasiam 121,6: PL 22,1020). No es claro, sin embargo, si se trataba de una armonía evangélica propiamente dicha (Harnack, Lietzmann) o un comentario a los cuatro evangelios.

11 Cf W.L. Dulière, ^ Le canon néotestamentaire et les écrits chrétiens approuvés par Irénée, «La Nouvelle Clio» 6 (1954) 199-229.

12 Melitón de Sardes, al elaborar la lista de las Escrituras que utilizaban los judíos, habla de los libros del Antiguo Testamento, dejando entender, implícitamente, que hay un canon de libros del Nuevo Testamento (cf Eusebio, Hist. eccl. 4,26,13-14: PG 20,396s).

13 Adv. Marcionem 4,1,6; 4,22,3: PL 2,390s.443.

14 Sobre Marción, cf G. Bardy, ^ Marcion, DBS 5 (1957) 862-877; A. D’Ales, Marcion, RStR 12 (1922) 137-168; J. Quasten, Patrologia, Casale 1980, I 236-240. Marción era un rico armador de naves, cristiano, procedente de Sínope, puerto del Mar Negro. Hacia el año 144 dC, en una audiencia pública ante el clero romano, expuso de tal modo sus ideas que la audiencia terminó con su excomunión formal y la devolución de las donaciones que anteriormente había hecho a la Iglesia con generosidad. A partir de entonces se dedicó a difundir enérgicamente sus ideas, que rápidamente se extendieron por el imperio romano. Marción escribió dos obras que no han llegado hasta nosotros: el Instrumentum sobre los evangelios y el Apostolicon sobre las cartas paulinas.

15 Cf A. von Harnack, ^ Marcion. Das Evangelium vom fremden Gott, Leipzig 1921 (19243). De las ideas de Harnack se han hecho eco autores como H. von Campenhausen, Die Entstehung der christlichen Bibel, Tübingen 1967 (trad. fr. La formation de la Bible chrétienne, Neuchâtel-Paris 1971, 144-156).

16 Esto parece deducirse de algunos testimonios históricos, como son las obras de san Ireneo, († 202) y de Tertuliano († 220), que escribieron contra Marción. San Ireneo, en Adv. haer. III,12,12, afirma la existencia de un cuerpo de Escrituras que Marción mutiló ampliamente, descartando algunos libros y recortando otros. Tertuliano parece haber opinado de la misma manera: cf Adv. Marc. IV,2,5. Este escrito es tal vez la mejor fuente para conocer el pensamiento de Marción (PL 2,243-524).

17 Sobre la influencia del Diatessaron de Taciano sobre el proceso de formación del canon neotestamentario, cf I. Frank, ^ Der Sinn der Kanonbildung, Freiburg-Basel-Wien 1971, 133-143; H. von Campenhausen, La formation, 157; J. Quasten, Patrologia, 198-201

18 La formation, 199ss.

19 El montanismo fue un movimiento entusiástico y apocalíptico que surge a mediados del siglo II en Frigia (Asia Menor) y se difunde rápidamente tanto en Oriente como en Occidente. Su iniciador fue Montano, sacerdote de Cibeles que, después de su conversión, se autopresentó como el instrumento inspirado de una nueva manifestación del Espíritu. El montanismo, en efecto, se configuraba como una religión del Espíritu Santo y se caracterizaba porque sus miembros consideraban la actuación estática a impulsos del Espíritu la única verdadera forma de cristianismo (cf F.C. Klawiter, The New Prophecy in Early Christianity. The Origen, Nature, and Development of Montanism, Chicago 1975).

20 El gnosticismo es una mezcla sincretista de religión y filosofía que floreció hacia el siglo IV, paralelamente al cristiano primitivo del que fue uno de sus principales antagonistas. La múltiple variedad que presenta el pensamiento gnóstico se caracteriza esencialmente por la afirmación que las almas elegidas, estando como prisioneras en cuerpos físicos debido a una catástrofe precósmica, pueden obtener la salvación por medio de una especial gnosis (conocimiento) de su origen y destino. Algunos grupos gnósticos afirmaban que habían recibido sus enseñanzas de Jesús, de modo secreto, y recurrían a un cierto número de evangelios, cartas apostólicas y otros escritos trasmitidos a este propósito. En su defensa contra el gnosticismo, los escritores eclesiásticos tuvieron que precisar el alcance del canon, aduciendo como criterio para definir los auténticos escritos evangélicos y apostólicos la «regla de la fe», no aceptando por tanto nada que no estuviera conforme con la fe apostólica.

21 Metzger añade como motivos que influyeron en la formación del canon neotestamentario el hecho de las persecuciones, el uso generalizado que adquirió el libro en forma de códice en lugar del rotulo, y la mentalidad cultural del tiempo, tendente a hacer colecciones de libros de temas homogéneos y redactar elencos de autores. Durante la época de las persecuciones, en efecto, cuando las milicias imperiales exigían a los cristianos bajo pena grave consignar los libros que consideraban sagrados para ser destruidos, surgía la necesidad de determinar con sólidas bases cuales eran aquellos libros por los cuales se era dispuesto a morir. Notable en este sentido fue la persecución de Diocleciano, en la que la pena infligida por la desobediencia al edicto imperial, que obligaba a destruir todos los libros sagrados y litúrgicos, demoler las iglesias y no tener reuniones de culto cristiano, era la pena de muerte. También el fenómeno de la adopción generalizada del libro en forma de códice permitió que muchos o todos los documentos que pasaron a llamarse Nuevo Testamento pudieran reunirse materialmente en un único volumen, lo que no permitía el uso del rótulo, en los que al máximo podían contener libros como el de Isaías o Lucas-Hechos. También es conocido el fenómeno de la fijación de elencos canónicos, tanto por parte de la comunidad judía, que hacia el año 200 constituyó su propio canon de libros sagrados, como en el ámbito pagano, que produjo, por obra del famoso jurista Ulpiano, una compilación de las numerosas deliberaciones jurídicas emanadas por los emperadores clasificada en epítomes (cf Il canone del Nuovo Testamento, 100-104).

22 Autores protestante como Metzger coinciden en que en la constitución del canon bíblico del Nuevo Testamento influyó particularmente el origen apostólico de los libros bíblicos, además de la ortodoxia doctrinal y el consenso entre las Iglesias, avalado por la existencia de una tradición apostólica (ibidem, 219-222).


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